La libertad del sistema que se mira


Creo que no soy el autor de mis propias convicciones.

Quizás para algunos tal afirmación suene incluso descabellada: “Si no eres tú el autor de tus propias convicciones, ¿entonces quién?” ¿El entorno? ¿El azar? ¿O simplemente la evolución? Mientras que otras tantas quizás puedan estar de acuerdo conmigo, aunque sin saber exactamente por qué.

Sin embargo, creo que en ambos casos la cuestión se malentiende, pues no me estoy refiriendo al típico “todos estamos influenciados por nuestro entorno”, que también, sino a algo mucho más profundo y, si se me permite decirlo así, más siniestro aún, pues sucede sin que nosotros nos demos cuenta de que ahí está, pero rige nuestras vidas.

Hace 10 años escuché una frase por primera vez, una tan típica que ni siquiera vale la pena escribirla, pues no implica ninguna carga especial de significado, ni emocional, ni histórico. Una frase tan mundana que una persona dijo de cierta manera, en cierto contexto, un día cualquiera de 2016.

¿Por qué entonces algo así tendría relevancia? Me podrán preguntar con buena razón algunos, y lo entiendo.

Resulta que soy una persona muy imaginativa. Me encanta simular escenarios en mi cabeza, y en uno de ellos yo estaba explicándole algo a una persona que, por algún motivo, tenía en la cabeza en ese instante. Y fue justo durante esa conversación imaginaria, algo tan irrelevante como una forma de hablar, una forma de decir dos palabras juntas con cierta entonación, me hizo recordar aquel día cuando escuché ese mismo par de palabras pronunciado de la misma forma que yo ese día en mi mente, 10 años después.

“¡Obvio!” podrán exclamar algunos, pues este tipo de cosas pasan más de lo que uno creería. Sin embargo, uno casi nunca repara en ese “obvio” ni se pregunta por qué es obvio en primer lugar.


1. La paradoja del que quiere cambiar

El movimiento natural ante un descubrimiento así es querer cambiar, quitarse la influencia exógena, reemplazarla por algo más propio, más genuino, más “uno mismo”.

Pero entonces llega una segunda capa: ¿de dónde viene el deseo mismo de cambiar?

Si todo está condicionado, si cada pensamiento, cada emoción, cada inclinación tiene una historia causal, entonces es de suponer que también lo está mi deseo por liberarme de tales influencias.

El impulso de corregir el rumbo no nacería, entonces, de un lugar limpio, un sitio donde la voluntad por cambiar exista sin influencia externa al sistema, sino de otras influencias tan externas a nosotros y de las cuales casi nunca pensamos detenidamente, como cuántas horas dormí anoche, qué comí en la mañana o lo que me salió en el feed esta tarde. (Artículo relacionado: ¿Para qué consumimos?).

En esta misma línea, si alguna vez llegas a sentir la necesidad de cambio, y lo haces, no cambias porque hayas querido cambiar, sino porque algo te ha hecho querer cambiar. Schopenhauer lo formuló hace dos siglos: “el hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”

Tal vez pueda parecer absurdo la primera vez que se piensa algo así, pero una vez te haces esa pregunta de verdad, la cadena se vuelve vertiginosa: si identifico una causa y quiero romperla, pero ese querer romperla también es parte de otra causa que no fue mi decisión, ¿estoy haciendo algo real o solo presenciando una obra en la que mi papel de “protagonista que se rebela” ya estaba escrito?

Quizás algunos se refugien en afirmar “pero la conciencia te da margen de maniobra”. Pero es que eso no resuelve la paradoja, sólo la manda un nivel más arriba, mientras que aquí, en el mundo físico, donde todo parece ser causal y determinista, la respuesta más obvia que uno puede encontrar sin recurrir a una voluntad ajena al mundo, es que incluso esas decisiones aparentemente “soberanas” son un subproducto de nuestro propio sistema nervioso reaccionando a cómo nos sentimos en ese momento o si alguna vez escuchamos tal o cual frase en cierto punto de nuestro pasado.


2. Dos tipos de libertad

De todo lo anterior nace una pregunta: si no existe un “yo” fuera de la cadena causal, algo que decida sin ser influenciado por el mundo y por mi propio cuerpo, ¿eso significa que no hay cambio auténtico posible? ¿Que todo lo que hago, pienso o decido es irrelevante porque ya estaba condicionado?

Esto me suena más a una excusa sofisticada para creer en el destino, cosa que no es mi estilo, que a una respuesta real ante la cuestión, así que exploremos nuestras posibles respuestas:

La primera es la soberanía absoluta, esa que te dice que existe un “yo” que decide sin estar determinado por nada, que está fuera del sistema y que es ajeno a toda causalidad. Sin embargo, cada vez que lo buscamos no encontramos la respuesta que queremos, sino la opuesta: encontramos condiciones genéticas, culturales, químicas, lingüísticas, históricas… Todo, excepto el tan ansiado “yo” libre.

La segunda, y a la cual me adhiero, es el determinismo clásico. Esta no requiere de un “yo” fuera del sistema, sino sólo la suficiente ignorancia epistémica para no darse cuenta de que esto rige nuestras vidas sin que podamos hacer nada al respecto. Requiere aceptar que no somos libres, que estamos tan condicionados al mundo como lo está una planta que crece inclinándose hacia la luz sin que tenga voluntad o consciencia para decidir hacerlo.

“Pero el ser humano sí tiene consciencia de sí mismo y, por lo tanto, voluntad” objetarán algunos. Y entonces yo les diré que no han entendido mi punto, pues yo nunca dije que la voluntad no existiera, ni que la conciencia fuera una mentira.


3. El problema de la garantía

Incluso si la voluntad y la conciencia existen y son reales, nada nos garantiza que saber esa información nos permita modificar libremente el patrón que las hace posibles.

Alguien puede entender perfectamente por qué es como es, saber por qué cree lo que cree, y ser capaz de explicarlo mediante las herramientas a su alcance, —o al menos creer que puede hacerlo—, y actuar en consecuencia para cambiar las condiciones que modifican su voluntad para existir en el mundo, pero aún así, seguirá estando atado a una voluntad inicial por cambiar que no fue obra de sí mismo, sino de los factores que lo condicionan sin que él mismo lo sepa.

La comprensión no siempre viene acompañada de una fuerza transformadora, a veces sólo ilumina la prisión sin abrir sus puertas.

Y aquí está la objeción más honesta, esa que durante varios meses ha estado dando vueltas en mi cabeza y que, en cuanto más evidencia hay para creerla correcta, más prisión se siente:

Si mi voluntad de actuar está determinada, entonces yo no decido actuar. Solo ocurre en mí la decisión de actuar.

Es una posición impecable desde el determinismo fuerte, pero viene con una consecuencia que algunos no están dispuestos a aceptar:

Si no actúo, tampoco decidí no actuar. Ocurrió en mí la no acción.

La pasividad también está condicionada. La duda también. El escepticismo también. No hay una posición externa desde la cual se pueda decir “como todo está determinado, entonces no haré nada”, porque ese “no hacer nada” también es una condición actuando.

La parálisis no es más libre que la acción.

Es sólo una consecuencia lógica que cierra la puerta a la coartada de la inacción. Si todo está determinado, también lo está mi decisión de rendirme. Y también lo está mi decisión de no hacerlo. Y también tú, que estás leyendo esto ahora, sea porque me conoces, porque alguien te compartió este artículo o por alguna de las millones de causas que desconozco, muy probablemente crees que llegaste aquí por voluntad propia, pero lo más probable es que sólo haya sido una serie de causas que desconoces.


4. La conciencia como recursión, no como milagro

Todo esto suena muy pesimista, pero no lo es cuando le das la vuelta.

La conciencia no es algo que mira el sistema desde afuera. Es el sistema mirándose a sí mismo.

Cuando entendí que una palabra escuchada hace diez años forma parte de mi forma de pensar, me di cuenta de que ese tipo de descubrimiento no ocurre en un lugar privilegiado fuera de la cadena causal. Ocurre dentro del mismo sistema que fue moldeado por esa palabra. Y que, al ocurrir, se convierte en una nueva condición. El sistema se ha modificado a sí mismo al incluirse como objeto de procesamiento.

No es magia, es recursión. La misma que te puedes encontrar en una función de Python llamándose a sí misma, o en un diccionario usando palabras para definir otras palabras.

En este sentido, la recursión importa quizás más que la pregunta misma sobre si somos o no libres, pues esta cambia el estado del sistema. No lo libera de la causalidad, pero sí altera la dirección de la causalidad futura. Una vez que identificas una causa que te influyó, ya no puedes no saberlo. Esa información ahora está dentro de ti, compitiendo con otras fuerzas empeñadas en modificar tu voluntad. Puede pesar más o menos, tener más o menos relevancia, pero su influencia no es cero.

Quizás la conciencia no me saca de la cadena, pero el saber que la cadena existe, hace que pierda poder sobre mí, volviéndome un poco menos prisionero de ella.


5. El espacio de navegación

No eres el rey del sistema. Nunca lo fuiste.

Eres el lugar donde distintas causas se encuentran, se interpretan y se reorganizan. No eliges qué llega, pero puedes llegar a conocer algo de lo que llegó. Y ese conocimiento puede convertirse en un factor más en la ecuación.

El error no creerse a sí mismo libre cuando todo apunta en dirección contraria. El error es pensar que, al no ser libre, la única alternativa es vivir desde la condena.

No se necesita ser libre para cambiar. Se necesita que existan condiciones capaces de producir ese cambio. Y la conciencia, tan limitada, parcial y condicionada a ella misma, puede ser una de esas condiciones.

No es que exista una libertad heroica, absoluta y soberana. La libertad real suele verse como algo más humilde y menos espectacular: la libertad de un sistema que, al mirarse a sí mismo, altera su propio funcionamiento.


No sé si el cambio real es posible. Pero al menos formular la pregunta ya es una condición nueva

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